“Invasores contiene crónicas sobre la especie más fascinante y misteriosa de la Tierra”

Por Emilio Fernández Cicco

– ¿Cuánto tiempo de investigación y escritura te llevó Invasores?

Más o menos un año y medio. Supongo que me hubiera llevado menos tiempo si hubiera sido mi única ocupación. Pero trabajé con tantas ganas que seguí de largo, y después tuve que eliminar tres historias ya escritas y otras comenzadas. En verdad, casi todo el trabajo de archivo estaba hecho. Pensá que siendo un nene ya guardaba recortes de diarios, y jamás me deshice de ellos. Guardé revistas, boletines, cartas que intercambiaba con otros aficionados al tema, informes de mis primeras entrevistas… Más grandecito escribí cientos de artículos en revistas especializadas y comerciales. O sea, cuando empecé Invasores ya tenía material para escribir una enciclopedia. El desafío real fue elegir las mejores historias, que no necesariamente debían ser, según mi criterio, las más creíbles, sino las más disfrutables desde el punto narrativo y periodístico.

-¿Con qué caso empezaste?

Alejandro Agostinelli con Kittl DucloutCuando comencé me propuse revisar el caso de las primeros argentinos que afirmaron mantener un contacto con extraterrestres. Al principio lo único que tenía era un libro escrito hace medio siglo, Origen estructura y destino de los Platos Voladores. Me encontré con ese extraño volumen en una librería de viejo, a fines de los setenta. Cuando lo leí, aluciné. “¡Estos tipos dan todas las respuestas! ¡Vienen de Ganímedes!”, me dije. Yo tendría, ponele, unos doce años. En ese libro, los hermanos Jorge y Napy Duclout transcriben las charlas que mantuvieron con “el espíritu de un Ingeniero de talento”, así lo llamaban. Este ingeniero, de quien no dan su nombre (pero cuya identidad revelo en Invasores), los puso en contacto con los ocupantes de los platos voladores, que afirmaban proceder de Ganímedes, el mayor satélite de Júpiter. Al tiempo le presté ese libro a un aficionado al tema cuya opinión tenía en alta estima y él me lo devolvió sin hojearlo. Lo descalificó con tanta dureza que me desanimó. Mi amigo obró con honestidad, pero fue muy paternalista. Él consideró que no era conveniente que yo me tomara ese libro al pie de la letra.

– ¿Qué hubieses hecho en lugar de este investigador?

Mi consejo hubiera sido: “¿Crées que la historia de los hermanos Duclout es real? Ok, investigá, buscalos, a ellos o a sus familiares, tratá de conseguir las cintas fonomagnéticas, entrevistá a los testigos del avistamiento del plato volador que confirmaba la exactitud de sus profecías. Laburá…”. Retomé esa tarea treinta años después. Tuve buenas razones para empezar por ahí. Nunca es tarde para desandar un camino. Fue grandioso haber podido encontrar en Chile al sobrino de los Duclout. Pablo Kittl es el único familiar vivo. Él me ayudó a reconstruir esa historia fantástica pero real del espiritismo argentino y a descubrir qué estaban buscando sus tíos, realmente.

Silvia Pérez Simondini– ¿No viste nunca ovnis, no es cierto?

De tanto frecuentar parajes donde las personas van a buscar este tipo de experiencias, al final también las encontré. Es curioso, pero tuve mis vivencias con luces extrañas en tres sitios habitualmente considerados santuarios extraterrestres: Capilla del Monte (Córdoba), Salto (Uruguay) y Victoria (Entre Ríos). Mientras estas experiencias duraron pude disfrutar del mismo temor o del mismo sentimiento de maravilla que sintieron los que me cuentan sus encuentros con ovnis. Después sobreviene el desencantamiento, ya que tengo la manía de encontrar alguna explicación a lo que viví. Lo más valioso, aunque luego uno crea haber descubierto las causas de la observación, es que te ponen a la par de tus entrevistados, te quitan esa soberbia hipócrita del investigador aséptico e incontaminado. Es como si de ese falso ovni hubiese partido un rayo láser que te baja del pedestal que nos construimos los periodistas. Caer de ese pedestal, también falso, te da una lección de humildad. En Invasores cuento la experiencia ovni que tuve en Victoria junto con Andrea y Silvia Pérez Simondini. Pero después, en vez de decir: “¡Era un satélite, era un globo!”, sinceré una serie de devaneos epistemológicos que me inspiró la situación. Esas dudas le dan a la crónica una épica extraña. Ah, y también declaro solemnemente que soy un pésimo observador de naves extraterrestres.

– Esos avistamientos te despertaron dudas. ¿Los seguís buscando?

No encuentro motivos para dejar de hacerlo, salvo el aburrimiento. En cualquier lugar donde alguien denuncie la visión de un ovni, la manifestación de una virgen o la aparición de un ángel que predice el Apocalipsis, allí estaré, si puedo. Siempre te vas a encontrar con alguna persona que te dice, a los gritos o en un susurro: “¡Hey, acá estoy y tengo una historia fascinante para contarte.” Basta raspar un poco la pintura para encontrarte con biografías que revelan aspectos interesantísimos de la especie más fascinante y misteriosa de la Tierra, el hombre. Son historias clandestinas, no identificadas, sobre nosotros mismos. En la uña se te quedan pegados los prejuicios, los juicios de valor, las conclusiones apresuradas, el aprovechamiento interesado de los medios… Esos restos casi siempre son mugre. Pero también son parte de la historia.

Agostinelli en Museo Ovni de Victoria-Si bien en tu libro te concentrás más en la historias que en desacreditar las fuentes, ¿creés que los ufólogos mienten?

Para concluir que una persona miente, que falsea o tergiversa una verdad que conoce y es diferente a lo que te dice, hay que tener evidencias. El problema de los juicios de intención es que -para estar seguros- a veces debemos ver con sus ojos o estar inmerso en la persona que recibe esa acusación. No todos los que te hablan de un suceso no comprobado son mentirosos. A mis hijas les enseño a hacer un uso restringido de esa palabra. ‘Antes de acusar a alguien de mentir, estén seguras’, les digo. Si creen que alguien miente, busquen las pruebas.
Para Invasores me tropecé con entrevistados que a lo mejor, técnicamente, mentían. Pero incluso cuando creí haberlos detectado consideré que no me correspondía a mí juzgarlas. Sin embargo, publico los datos que me indujeron a sospechar de estas personas para que el lector decida.
Por lo demás, la inmensa mayoría de los ufólogos que he conocido son personas románticas y desinteresadas. En general, pierden más de lo que ganan, son buscadores honestos y sus intenciones parecen buenas. Están ávidos de conocer o descubrir algo nuevo. Evidentemente, esto no los hace más fidedignos. Cargan, como todos los mortales, con su propia subjetividad, que a veces los lleva a encontrar lo que buscan y a cumplir con deseos más bien imaginarios. Casi todos están seguros de llevar una misión, un asunto trascendente sobre el cual deben ocuparse porque otras personas -quizá más competentes- se desentienden del tema. Y casi todos creen poseer evidencias irrebatibles sobre encuentros con extraterrestres. Evidencias que los científicos ignoran o desprecian. Entonces ellos, los ufólogos, ocupan ese vacío.

Facsimil de la portada de la revista Ufo Press Nro 23 (1986)-¿Por qué los ovnis son un boom que nunca pasa de moda?

Bueno, no siempre estuvieron de moda. Antes de 1947 nadie informaba haber visto platos voladores, lo que ahora llamamos ovnis. Hubo casos dispersos, pero no estuvieron asociados con el imaginario extraterrestre. Esta idea sobre su procedencia es lo que diferencia a los platos voladores de leyendas celestes preexistentes. En 1897, en los Estados Unidos, los diarios cubrieron lo que parecía una oleada de visiones de naves aéreas no identificadas. Pero como nadie había especulado sobre visitas extraterrestres, para los testigos y los medios eran máquinas fabricadas por inventores anónimos.
En otros tiempos, las apariciones de humanoides fueron percibidas como vírgenes que predicaban a los pecadores para dejar una lección moral, una tarea que prosiguieron los extraterrestres con sus contactados, y ciertas formaciones de luces extrañas, eran el carruaje de los ángeles.
Hoy se podría decir que siempre habrá alguien que interpretará una experiencia extraña en clave extraterrestre, que es la grilla de lectura contemporánea para cualquier fenómeno celeste a priori incomprensible. Me parece que esta permanencia hay que buscarla en la religión. El objeto no identificado es otro modo de relacionarse con lo sagrado. El cielo es un manantial de interrogantes. Es el escenario en donde aparecen todas las razas extrahumanas de las que tenemos conocimiento, resulten tanto cristos redentores, marcianos que vienen en son de paz o reticulanos en plan de conquista. Todo lo que suceda en el cielo o algunos crean que ahí suceda nunca pasará de moda, a lo sumo se transformará.

Alejandro Agostinelli en Lajas, Puerto Rico– ¿Cuál fue la historia de alienígenas más loca que escuchaste?

Más que la que escuché, te puedo hablar de una que investigué. Un caso muy loco y estremecedor es la historia de Radar-1, un grupo de contacto liderado por un personaje de formación evangélica que había llegado a la conclusión de que en Victoria, Entre Ríos, había un campamento subterráneo de Grises, como los ufólogos llaman a los extraterrestres belicosos, que se preparaba para invadir el planeta.
El líder del grupo, Guillermo Romeu, afirmaba ser semi-extraterrestre. Juraba que era destinatario de una verdad que nadie más conocía, salvo él y sus seguidores, que recibían instrucción militar para estar listos el día del Apocalipsis. Romeu y su gente recorrían Victoria en una cuatro por cuatro bien equipada, él hacía creer que todo era tecnología de punta. Y los flacos, muy jóvenes, iban a ese paraje tranquilo, donde nunca pasaba nada, armados hasta los dientes.
Un grupo de ufólogos rosarinos llegaron a disfrazarse de Hombres de Negro para darles un susto y se dejaran de embromar. Pero Romeu terminó riéndose de ellos. En fin, la cosa es que el hombre terminó pegándose un tiro frente a su hijo el día de su cumpleaños e intentó inducir al suicidio a uno de sus discípulos. Si bien el caso es estremecedor, percibí que no encajaba con la tónica de Invasores, el espíritu de esa historia no estaba en sintonía con el hilo narrativo del libro. Invasores tiene ese título porque me pareció una paradoja divertida. El buen lector va descubriendo que muchos de sus protagonistas son más bien antihéroes. Romeu era un ‘invasor’ de verdad.

Fabio Zerpa ¿tiene razón?-¿Qué opinás de Fabio Zerpa?

Siempre me pareció el típico charlatán porteño, simpático y embrollón. Lo sorprendente del caso es que es uruguayo. En verdad, nunca lo consideré un investigador sino un promotor de misterios. Misterios más bien truchos, claro. Con los años, mi opinión no cambió demasiado. Si bien en algún momento barajé la posibilidad de entrevistarlo para el libro, desistí porque es difícil sacarlo del casete. Suele repetir las mismas historias, mejoradas, corregidas y aumentadas. Sus versiones tienen una impronta personal: raramente coinciden con lo que te cuentan los testigos u otros aficionados al tema. Zerpa tiene un ego exorbitante, pero cuando se refiere a su relación con los ovnis… no habla de sí mismo. Y, cuando lo hace, comete flagrantes faltas de sinceridad, que curiosamente no parece tener cuando habla de su otra gran vocación, que es su militancia por el tango.
Con todo, su presencia en la cultura alienígena argentina es notoria y ha dejado huellas en todas partes, en mi libro también. Es una presencia inevitable. Pero lo prefiero hablando de tango que sobre extraterrestres.

– ¿Y si tiene razón?

Mirá, si Fabio Zerpa tuviera razón yo no hubiese escrito un libro de historias reales de extraterrestres en la Argentina sino sobre los extraterrestres reales que descubrió Zerpa. Pero no es el caso. Por si no quedó claro, Invasores no es un libro sobre extraterrestres sino sobre seres humanos. Yo no sé si las historias de presuntos extraterrestres auténticos que cuenta Zerpa son tan emocionantes como estas otras, protagonizadas por terrícolas, con todo lo excepcional y lo banal que nos caracteriza a los terrícolas.

(Entrevista completa del extracto publicado en revista “C” del diario Crítica de la Argentina. Año 2 Nro. 75, 2 de agosto de 2009.)

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1 comentario

  1. Entonces Calamaro tampoco tenía razón. Pero eso ya no me importa, porque me como una torta y soy feliz.


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